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SINCERIDAD ARTIFICIAL
La abordé con las clásicas preguntas: —¿Estudias o trabajas? ¿Hace mucho que vienes por aquí?— Ella sonrió. La conocí, como a casi todas, en el centro de personas mayores de mi barrio. Allí se organizan cursos de todo tipo. Casi todos los asistentes son mujeres; yo voy a jugar al billar. Nos sentamos y comenzamos a hablar. Comentamos el tiempo, las enfermedades, nuestras situaciones personales… También hablamos de viajes y de las oportunidades que ofrece el programa del Imserso. Ella tenía clase de aeróbic —o algo parecido—. La esperé a la salida y la invité a tomar un café. Conversamos largo rato, y entre charla y risas surgió la idea de hacer un viaje juntos. Le conté que existía un programa informático llamado “Intenso”, que, tras responder una serie de preguntas, te decía si eras o no compatible con otra persona. La idea de probarlo quedó para otro día. Pasó el tiempo y la relación se fue consolidando. Íbamos al teatro, al cine, y algunas veces cenábamos en su casa. Finalmente concretamos la fecha y el destino del viaje. La noche anterior, recordamos aquel programa del que le había hablado cuando nos conocimos. Nos conectamos a internet y comenzamos el juego. Había que responder las preguntas sin que la otra persona viera las tuyas; al final, el sistema daba un resultado: positivo o negativo. Solo era una inteligencia artificial que ofrecía una opinión basada en las respuestas de los participantes… o eso creíamos. La pantalla se tiñó de rojo. Un silencio espeso llenó la habitación. Leímos el mensaje: “No son compatibles.” Pedimos explicaciones —el programa estaba diseñado para darlas—, pero aquello no salió bien. La IA comenzó a mostrar las respuestas individuales: “¿Qué te parece él?” “¿Te gusta físicamente?” “¿Qué opinas de su calvicie?” “¿Crees que tiene sobrepeso?” Y así, una a una, fueron apareciendo nuestras opiniones más íntimas. La tensión creció. Las respuestas dolieron. Las discusiones comenzaron… y terminaron con nuestra relación. Habíamos sido más sinceros con el programa que entre nosotros. La IA, al final, solo confirmó lo que nosotros no quisimos admitir: esa relación no llegaría lejos