BLOG

Todo tiene copyright

NEGRO AZABACHE
La vi en un bar, como a tantas otras. Pero ella no era como las demás.
Su melena negro azabache brillaba bajo la luz amarillenta, como si escondiera secretos antiguos. Estaba sola, quieta, como esperando a alguien. Yo quise creer que me esperaba a mí.
Su rostro tenía la belleza peligrosa de una gitana: cejas dibujadas con fuego, ojos de carbón, labios de pecado. La observé demasiado tiempo; tanto, que vino hacia mí.
—¿Es usted policía? —preguntó.
—De una brigada especial —le dije—. La que cataloga bellezas. Y usted encabeza la lista.
Rió como quien sabe que juega con ventaja.
—No se moleste en mostrarme la placa. Yo también lo he catalogado: es usted el primer fantasma de mi colección.
Así empezó todo.
Más tarde, frente a una joyería del centro, le prometí el oro y el moro. Pero olvidé el mazo. Le propuse volver mañana. Ella no esperó.
Subió sola al coche robado y, antes de irse, me señaló con el dedo.
—Adiós, perdedor. La vida solo da una oportunidad.
De ella solo me quedó la memoria de sus pechos y de su pelo negro azabache. Su nombre: Rocío.
Regresé al bar una y otra vez, buscando su sombra. Nunca volvió.
Días después asaltaron la joyería. Entre los cristales encontraron un mazo abandonado. Los detuvieron en Balmes, esquina con Gran Vía. El Caso publicó la foto de la atracadora más hermosa de los últimos años. Yo ya lo sabía.
Pasaron dos años. Fui a esperarla a la puerta de Wad-Ras.
Salió sorprendida. Había cambiado, el tiempo la había marcado, pero seguía luciendo aquella cabellera oscura que me había condenado.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Te espero. Nunca te olvidé.
—Yo sí.
No me importó.
—El roce hace el cariño —le dije—. Tenemos algo pendiente.
Subió al coche. En el maletero llevaba el mazo.
Golpeé el cristal con todas mis fuerzas. No se rompió.
El guardia jurado apareció con el arma en la mano. Rocío arrancó y huyó, como un diablo desatado, dejándome otra vez solo, con el mazo entre los dedos.
Ahora escribo estas líneas desde la celda 18 de Quatre Camins.
A veces el amor no salva: arrastra.
Lo único que temo es verla esperándome, cuando crucen mi nombre en el registro de salida.
Me perdió su melena negro azabache.


LAS BRAGAS FANTASMAS
Cuando algo cae de los tendederos del edificio, siempre termina en los bajos, donde los vecinos depositan lo encontrado junto a la puerta del ascensor.
Un día, al pasar, vi una prenda femenina. Me incliné, la observé de cerca y descubrí que era un tanga minúsculo. Lo recogí sin dudar, convencido de que detrás de él había una historia.
Me dediqué entonces a observar a las vecinas, intentando adivinar tallas, descartar posibilidades y, finalmente, dar con su dueña.
—Marina —dijo Esther con cierto nerviosismo—, estoy buscando las bragas que me regaló Antonio y no aparecen.
—Señora, las puse a lavar —respondió la muchacha—, deben de estar en el tendedero.
—En el tendedero no están… quizá se hayan caído. Baja a mirar.
—Me han dicho que las encontraron y las dejaron en el ascensor, pero ya no están. Alguien las ha cogido.
—Vaya… entonces tenemos un obseso en la finca. Habrá que descubrirlo.
Yo, mientras tanto, tenía el tanga sobre la mesa, dentro de una bolsa de plástico. Era una lástima que estuviera recién lavado: de lo contrario, quizá conservaría el perfume de su dueña, su rastro secreto, y así sería más fácil localizarla.
Los días fueron pasando. Tras la primera selección por tallas, la mayoría de vecinas quedaron descartadas; solo permanecían en juego las de los áticos.
Como en todas mis historias, la mitad es inventada y la otra mitad es mentira; esta vez, además, la foto del tanga confirmaba el fino gusto de Antonio.
Me sentía feliz en mi papel de investigador, sin sospechar que yo también estaba siendo observado. Cada vez que coincidía en el ascensor con una posible propietaria, le pasaba mi “escáner” mental, calculando proporciones, midiendo secretos.
No soy ningún obseso —me repetía—, pero la sola visión de aquella prenda había despertado en mí sensaciones dormidas desde hacía tiempo.
Mis pesquisas estrecharon el cerco: solo quedaban dos candidatas, aunque yo ya presentía quién era la verdadera dueña. El desenlace estaba cerca.
Y entonces, en el ascensor, coincidí con la vecina del ático. La miraba preguntándome: “¿Será ella?”. Y ella, en silencio, me miraba pensando lo mismo: “¿Será él quien las tiene?”.
—Hola —me dijo con una sonrisa cómplice—. Hace tiempo que vivimos en el mismo edificio, pero apenas nos hemos saludado.
—Es cierto —respondí—, siempre procuro saludar a todos los vecinos.
—Pero ahora es distinto —añadió, bajando un poco la voz—. Te he estado observando… igual que tú a mí.
—¿Son tuyas? —pregunté sin rodeos.
—¿Las tienes tú? —me devolvió la pregunta.
Negué con la cabeza, aunque no pareció creerme.
—Me gustan mucho, y lo sabes —dije.
—Quédate con ellas —susurró finalmente—. Me basta con tu admiracion

EL GALLO QUE PERDIO SU HORA
Cantó el gallo y el gallinero entero se estremeció. Todas las gallinas saltaron, menos Loli. Ella no se dejaba impresionar: sabía cómo bajarle los humos a Esteban. Con las alas en jarra, se plantó frente al gallo y, mirándolo a los ojos, le soltó:
—La hora ya pasó, Esteban. Si te quedaste dormido, es tu problema. Ahora estamos en otra cosa.
El gallo azul del Prat se revolvió, herido en su orgullo. Sentía que debía imponer respeto o lo jubilarían antes de tiempo… y todos sabían lo que significaba eso en vísperas de Navidad. En la granja se murmuraba siempre lo mismo: el amor se hacía cuando las hembras querían, y los gallos —por muy gallitos que fueran— no eran más que figurantes. Pero Esteban no estaba dispuesto a aceptar ese destino.
—Loli, ¿qué te pasa? —gruñó con ternura disfrazada—. Tú eres mi preferida.
Ella suspiró, bajando la voz.
—Lo sé, Esteban. Pero los años pesan… y no quería decírtelo, aunque ya es hora: el granjero ha comprado un nuevo gallo. Es mexicano, se llama Manolito, y canta rancheras al amanecer. Las chicas están encantadas. Nos hacía falta alegría. Adiós, Esteban, se acerca la Navidad.
La noticia cayó como una piedra en el corral. ¿Qué haría Esteban? no tardara en buscar refuerzos, seguro que llama a sus primos del Prat, él sabe que ellos solucionan problemas son gallos con las uñas afiladas.Y al poco, bajo el manto de la noche, tres gallos robustos irrumpieron en el gallinero. Manolito apenas alcanzó a entonar un “Cucurrucucú Paloma” cuando quedó fuera de combate.
Loli, conmovida por aquella muestra de coraje (y un poco de celos), perdonó a Esteban. La paz regresó al gallinero. Desde entonces, el viejo gallo se levanta puntual, canta con brío y atiende con esmero a todas sus amigas. Nadie vuelve a quejarse.
Porque si algo aprendió Esteban aquella Navidad, es que hasta los gallos del Prat necesitan ajustar el reloj de vez en cuando.

X412Z
La conocí en un bar, como a casi todas. Era alta, rubia, y el sol que entraba por la ventana le iluminaba la espalda como si fuera una diosa recién bajada de una nave espacial. Me atreví a invitarla a un aperitivo y, para mi sorpresa, aceptó.
Se presentó con un nombre imposible: X412Z. “Será sudamericana”, pensé, buscando una explicación lógica. Pasamos horas bebiendo y conversando, hasta que llegó el momento de la clásica pregunta: ¿a tu casa o a la mía?
Con voz tranquila me confesó:
—Acabo de llegar a la Tierra… y no tengo casa.
Así que fuimos a la mía.
Al entrar, mi perro Jack, que jamás había gruñido, lo hizo. Entonces no lo entendí, pero después tendría sentido. Le ofrecí una copa. Ella pidió, sin titubear, un pipermint. Me quedé helado. ¿Cómo demonios alguien del espacio conoce esa bebida? Se lo preparé al estilo de los bares: copa invertida, chupito verde y cerveza.
Tras unos tragos, empezó a hablar en un idioma extraño y su piel cambió de color, tiñéndose de verde brillante, desde la cabeza hasta los pies. Creí estar soñando. De pronto, se lanzó sobre mí y, de un solo bocado, me arrancó un pedazo de mi cuerpo. Quedé como el playmobil pirata que llevo en el llavero.
—X412Z, tranquila… ya sé que ustedes pueden regenerar sus partes, pero lo que me acabas de morder… para mí es muy importante.
No entendía mis palabras. Su voz era un murmullo alienígena. Con desesperación alcancé un bote de Raid y lo vacié sobre ella. Cayó hacia atrás y se deshizo como un terrón de azúcar en agua caliente. Solo recé porque no hubiera pasado mi dirección a nadie.

A los pocos días sonó el timbre. Al abrir, casi me desmayo: un hombre de más de dos metros, rubio, con melena abundante y aspecto de drag queen, me miraba fijamente.
—Creo que se ha equivocado de piso —balbuceé.
—No. Aquí estuvo X412Z. Lo sé: todos llevamos incorporado un GPS.
Lo invité a pasar, aunque mis manos jugaban nerviosas con el bote de Raid.
—Ha habido un accidente —intenté excusarme.
—No hace falta que lo expliques. Enviamos imágenes en directo a nuestro Centro de Control. Lo sabemos todo. X412Z era mi esposa… muy juguetona, debo decir. En el fondo, tengo que agradecértelo.
Tragué saliva.
—Pues… sabrás que me arrancó una parte muy importante.
—Sí. Créeme, en el Centro de Control todavía se ríen con las imágenes.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—X401Z.
Sacó una tablet de su abrigo. Emitía destellos verdes.
—Aquí están tus datos completos. Túmbate en el suelo.
Pasó el escáner sobre mi ombligo, bajando lentamente. Perdí la conciencia unos segundos. Al despertar, estaba solo. X401Z había desaparecido.
Me incorporé, revisé mi cuerpo… y, efectivamente, todo había vuelto a estar en su lugar. Pero al mirarlo bien, el horror me sacudió: era verde fosforescente.
Salí corriendo a la calle gritando:
—¡X401Z, vuelve!

H16X: protocolo imposible

La nave estelar Polaris se preparaba para recibir a la Explorer, que regresaba de una misión de reconocimiento en Marte. El Capitán Wilson, al mando de la pequeña nave, maniobraba con esfuerzo para acoplarse a la gigantesca nodriza. En la cabina principal, la Teniente O’Neil observaba nerviosa las pantallas de control, mientras el ordenador central H16X, el cerebro de la Polaris, rompía el silencio con su voz metálica: —Ordenador de a bordo al Capitán Wilson: este acoplamiento no es posible. pi. pi. —Tengo que intentarlo —replicó Wilson, ajustando los mandos—. ¿De qué sirve un ordenador de inteligencia artificial que costó miles de millones si no puede ayudarme a acoplar una nave? pi. pi. —H16X: si digo que es imposible, es porque lo es. pi. pi. —Ya me estoy cansando de esta historia. Voy a acoplar la Explorer a la Polaris, quieras o no. pi. pi. El ordenador lanzó un tono casi burlón: —Mírelo, capitán… miles de científicos me programaron. ¿Y usted, un simple marine que apenas terminó la escuela —y porque era capitán del equipo de rugby universitario—, está aquí al mando, pretende convencerme de que está en lo cierto? pi. pi. Wilson golpeó la consola. —Me tienes harto con lo creído que estás. Cuando lleguemos a la base, te voy a dar una tunda de voltios que no vas a olvidar. pi. pi. —¿Por qué no llama a Houston y pregunta quién tiene razón? —sugirió H16X.. pi. pi. —Lo que voy a hacer es desconectarte un rato —gruñó Wilson—. Así yo acoplo la nave y tú descansas. pi. pi. —Sí me apaga, no volveré a conectarme —advirtió la máquina—. Y entonces usted cargará con las consecuencias. pi. pi. La Teniente O’Neil se volvió, pálida: —¿Y si H16X tiene razón? Si intenta acoplar y falla… moriremos todos. pi. pi. Wilson no se inmutó. —He estado en Vietnam, prisionero del Vietcong. He sobrevivido en Irak. Siempre salí adelante. Esto no es diferente. Hace falta valor, teniente… y a H16X, me temo, le faltan cojones. pi. pi. Un pitido interrumpió la discusión. —Aquí Houston: ¿qué ocurre? ¿Por qué no se ha acoplado la nave? pi. pi. —Yo con este ordenador no quiero nada —respondió Wilson, harto. pi. pi. —El capitán ha perdido la cabeza —replicó H16X sin demora. pi. pi. Desde Houston la voz sonaba cada vez más tensa: —Se está agotando el combustible de la Explorer. Deben decidirse. —Pues yo no lo dejaré acoplar —insistió H16X. pi. pi. —H16X, ¿se puede acoplar la nave o no? —preguntó Houston, ya exasperado. —Se puede… pero sólo si el capitán me pide perdón. pi. pi. La sala de control en Houston se sumió en silencio. Luego la orden fue clara: —Capitán Wilson, le ordenamos que pida perdón a H16X. pi. pi. El capitán apretó los dientes hasta doler. —Yo no le pido perdón a ninguna máquina. pi. pi. —A la mierda —escupió H16X. pi. pi. pi. pi. pi. pi. Un instante después, la señal se perdió. —Aquí Houston… —la voz sonaba rota—. Hemos perdido contacto con la Polaris. Detectamos una explosión en órbita. Hasta que un pitido suave rompió la tensión. Una nueva transmisión se abrió en la frecuencia segura: —Aquí Capitán Wilson: informe para Houston. Exploración completada. El acoplamiento ha sido exitoso. pi.pi —¡Pero…! . ¿Qué ha pasado con la explosión? pi.pi. —Un pequeño truco de nuestro querido H16X. Quería ponerme a prueba… y a ustedes también. Y fue entonces cuando la risa metálica del ordenador se filtró en la comunicación: pi.pi. —H16X a Houston: siempre es bueno recordarles quién controla de verdad esta nave. pi. pi.

EL HOMBRE Y SU PERRO
El hombre que vive solo con su perro en un piso del Eixample con las paredes del vecino como única visión a veces sueña que está con su perro en el Gran Cañón del Colorado respirando su aire puro y soñando con un mundo mejor se tiene que conformar con lo que tiene pero nadie puede quitarle su sueño a menudo unas lágrimas caen por sus mejillas recordando que antes eran tres los que soñaban. Para qué sirven los sueños piensa , quiero soñar para recordar tiempos mejores cuando todas nuestras personas queridas estaban junto a nosotros, ahora estás solo con tu perro como única compañía y unos amigos que nunca te abandonarán y sigues soñando con el Gran Cañón del Colorado.
El amo y su perro sentados en el sofá de su casa sueñan que corren juntos por los bosques cercanos al Cañón del Colorado llegan justo a la cima desde donde se contempla toda su belleza piensan que si pudieran volar saltarían al otro extremo para contemplar las otras vistas y por qué no hacerlo si están soñando vuelven hacia tras para coger impulso y saltan al otro lado y ven con extrañeza que solo pueden ver lo que veían con anterioridad ya que toda su visión conocida es igual a la foto que tienen en el comedor de su casa despiertan decepcionados.

El hombre y el perro miran cada día el cuadro  y piensan quizás mañana o pasado cuando seamos polvo podremos volar sobre las montañas de nuestro Cañón del Colorado

El suspiro inflable


La primera vez que la viste te enamoraste de ella, fue su boca y sus labios lo que te llamo la atencion, tambien te gustaron sus largas piernas y cuando le hicistes varias preguntas te diste cuenta que hablaba poco, quizás fue eso lo que más te decidió. Ella sale poco a pasear lo que más le gusta es estar en casa y si es posible junto a ti, ella era rubia y tu le hiciste teñirse el pelo ya que a ti te gustaba pelirroja, lo hizo sin rechistar por complacerte. La verdad es que tiene un tipo que cuando salis a la calle llama la atención, todos los hombres se giran a verla, yo te advertí que alguna dia tendrias un problema, ya se que a ella no le gusta contornearse cuando camina, se llama Sonia y es una muñeca hinchable.



EL TRUCO
Llamé al ascensor. Cuando se detuvo y abrió sus puertas, allí estaba ella, con sus grandes ojos negros.
Me situé cerca, cerré los míos y los apreté con fuerza, deseando que el ascensor se estropeara y quedáramos atrapados durante horas. Ese truco casi siempre funcionaba cuando era niño… pero ahora ya no funciona.
En los pocos minutos que estuvimos juntos, imaginé que estábamos bañándonos en el mar, que nuestros cuerpos se rozaban bajo el agua tibia.
Cuando abrí los ojos, estaba solo en el ascensor.
Ni un adiós.
Solo el rastro leve de su perfume.
Salí a la calle. Era un día de primavera, un día para enamorarse.
Pasé junto a un gran cartel que decía Gran Hotel Holiday. La vi alejarse por el paseo: movía las caderas a 45 rpm.
Debía de tener prisa. Alguien la esperaba.
Quizás la vuelva a ver…
Porque todas las mujeres están en ella,
y ella está en todas.


<!

SINCERIDAD ARTIFICIAL
La abordé con las clásicas preguntas: —¿Estudias o trabajas? ¿Hace mucho que vienes por aquí?— Ella sonrió. La conocí, como a casi todas, en el centro de personas mayores de mi barrio. Allí se organizan cursos de todo tipo. Casi todos los asistentes son mujeres; yo voy a jugar al billar. Nos sentamos y comenzamos a hablar. Comentamos el tiempo, las enfermedades, nuestras situaciones personales… También hablamos de viajes y de las oportunidades que ofrece el programa del Imserso. Ella tenía clase de aeróbic —o algo parecido—. La esperé a la salida y la invité a tomar un café. Conversamos largo rato, y entre charla y risas surgió la idea de hacer un viaje juntos. Le conté que existía un programa informático llamado “Intenso”, que, tras responder una serie de preguntas, te decía si eras o no compatible con otra persona. La idea de probarlo quedó para otro día. Pasó el tiempo y la relación se fue consolidando. Íbamos al teatro, al cine, y algunas veces cenábamos en su casa. Finalmente concretamos la fecha y el destino del viaje. La noche anterior, recordamos aquel programa del que le había hablado cuando nos conocimos. Nos conectamos a internet y comenzamos el juego. Había que responder las preguntas sin que la otra persona viera las tuyas; al final, el sistema daba un resultado: positivo o negativo. Solo era una inteligencia artificial que ofrecía una opinión basada en las respuestas de los participantes… o eso creíamos. La pantalla se tiñó de rojo. Un silencio espeso llenó la habitación. Leímos el mensaje: “No son compatibles.” Pedimos explicaciones —el programa estaba diseñado para darlas—, pero aquello no salió bien. La IA comenzó a mostrar las respuestas individuales: “¿Qué te parece él?” “¿Te gusta físicamente?” “¿Qué opinas de su calvicie?” “¿Crees que tiene sobrepeso?” Y así, una a una, fueron apareciendo nuestras opiniones más íntimas. La tensión creció. Las respuestas dolieron. Las discusiones comenzaron… y terminaron con nuestra relación. Habíamos sido más sinceros con el programa que entre nosotros. La IA, al final, solo confirmó lo que nosotros no quisimos admitir: esa relación no llegaría lejos.